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“El Viaje de Goyo Gandulla” – Capítulo 9: NÁPOLES

(Tiempo aproximado de lectura: 19 minutos).

El viaje en tren desde la Términi, en Roma, hasta la Napoli Centrale dura aproximadamente una hora con quince minutos. Los 75 minutos que duró el viaje de Goyo Gandulla entre la Ciudad Eterna y la ciudad más poblada del sur de Italia, fueron de constante intercambio de mensajes de WhatsApp y llamadas telefónicas. Su costumbre de mirar el paisaje al viajar quedó postergada por los menesteres comunicativos, aunque en realidad la noche no le hubiese permitido observar demasiado.

Sí, Peta. Te escucho.

Escuchame, Goyo. Escuchame bien. Vos te bajás del tren recién en la estación central de Nápoles. Se llama Napoli Centrale, o sea, te bajás cuando el tren para por última vez. ¿Estamos?

Sí, bien.

Después de ahí te vas a ir a unas diez cuadras de la estación, a una calle que se llama Vía Ettore Bellini, altura número 11. Ahora te mando la dirección por Google Maps. ¿Sabés manejarte por Google Maps, no?

Boludo… soy del campo pero no tanto. En tu pueblo también existe Google, Peta. Y los celulares llegaron.

Ya sé, boludo. Te pregunto por las dudas. En esa dirección te va a estar esperando un amigo de mi viejo. No es evangélico, aunque no lo creas mi viejo tiene amigos que no son de su iglesia. Es un tipo que era taxista acá en Buenos Aires y como mató a una persona que era familiar de alguien pesado, se tuvo que rajar.

Ah, me da mucha tranquilidad adónde me mandás, hijo de puta. Para rajar de un asesino me mandás a otro -reaccionó Goyo.

Un poco de lógica tiene lo que decís, pero eso es para más adelante. En este caso, no te preocupes, el tipo éste es un buen tipo, mató para defenderse, pero es larga la historia. Ahí en Nápoles trabaja de chofer para unos muñecos de la Camorra.

Ah, no, entonces tenés razón, es un santo el tipo. Ahora labura para la Camorra. Me quedo mucho más tranquilo.

Ahí viene el asunto, Goyo. En el único lugar donde te puede dejar tranquilo esta gente, es bajo la protección de otra mafia tan o más pesada que ellos. Es así, monstruo. Pero vos no vas a trabajar para ellos, ojo. Vos vas recomendado como fue este muchacho, el taxista. ¿Me entendés?

No, para nada, Peta.

Con una estructura más horizontal que la Cosa Nostra -tradicionalmente un ejemplo de verticalidad-, la Camorra napolitana está compuesta por numerosos clanes. Cada clan tiene un jefe, o “capo”, que tiene a su cargo a decenas de militantes. Sus principales negocios son el narcotráfico, el blanqueo de capitales y delitos extorsivos varios. Pero además, cada clan tiene potestad para “atender” otro tipo de negocios: la protección de zonas, actividades o personas individuales.

Este tipo que vas a ver, el taxista, se llama Nicasio Benálteguy. Ahora también te lo paso por WhatsApp. Le dicen el “Mono”. Él está ahí hace un par de años, bajo la protección de un jefe de uno de los tantos clanes que integran la Camorra. La Camorra te cobra para protegerte, y como este tipo, el Mono, se quedó sin plata para seguirles pagando, lo siguen protegiendo a cambio de trabajos de chofer. Claro, no lleva ancianas a tomar el té… Le toca transportar cargas pesadas, ¿me explico?

Sí, me imagino. Ni lleva ancianas a tomar el té ni lleva a los hijos del capo del clan a la escuela.

No, eso sí lo hace. Pero dejemos eso de lado. Vos ahora vas a estar bajo la protección de este clan, cuyo capo tiene contactos con una asociación evangélica que maneja mi viejo… ¿me vas entendiendo?

Me parece que ahora te entiendo un poco más. Me dijiste que el Mono éste es amigo o conocido de tu viejo, por eso lo mandaron para acá.

Sí, correcto. El Mono Benálteguy es amigo de mi viejo. Más que amigo te diría que… socio. Pero ese es otro tema. Vos andá a verlo y él te va a dar hospedaje y te va a indicar cómo manejarte durante tu estadía allá, que esperemos no sea muy larga. Porque tampoco es que Dasa y la mina ésta te van a seguir mucho tiempo y ante cualquier circunstancia… Son perversos pero no pelotudos.

Ok, Peta, pero… ¿cómo mierda voy a pagar la protección?

De eso me encargo yo, mejor dicho… mi viejo.

Pero… algún día se lo voy a tener que devolver. ¿Va a ser mucha guita? Al menos dame una idea de lo que puede salir.

No, Goyo. No, no es cuestión de plata. Ya te dije: hay vínculos, relaciones, favores dados y recibidos… en fin, es larga la historia. Ahora vos no preguntés nada de eso, pero creéme que es la única solución que podemos encontrar por un tiempo. Yo me siento responsable en parte por haberte llevado aquella noche al Rulero.

¿Aquella noche? Fue el sábado, Peta. El sábado éste que pasó -razonó Goyo, mientras el tren pasaba por una zona urbanizada que no llegó a distinguir en virtud de lo oscuro de la noche y el reflejo de la luz interior del tren sobre la ventanilla.

Sí, es cierto, tenés razón. Pasaron tantas cosas en tan pocos días, que parece que en vez de tres fueron trescientos.

Goyo se acomodó en su asiento junto a la ventanilla del tren, observando cómo las luces de la ciudad iban apareciendo a medida que se acercaban a su destino. La noche había caído sobre Nápoles, pero parecía cobrar vida con un millar de destellos dorados que se reflejaban en las aguas oscuras del golfo. A lo lejos, el imponente Vesubio se recortaba contra el cielo estrellado, su silueta majestuosa y amenazante a la vez. Mientras el tren avanzaba lentamente por los suburbios, Goyo pudo distinguir las casas apiñadas unas contra otras, sus fachadas desgastadas por el paso del tiempo y la brisa marina. Faroles amarillentos iluminaban las calles estrechas, dando a todo un aire de misterio y romanticismo. Aquí y allá, se veían tendederos cargados de ropa ondeando al viento, un recordatorio de la vida que bullía en cada rincón de la ciudad. Cada tanto, se recortaba un mural dedicado a un argentino heroico, casi una deidad en toda la Campania. Conforme se acercaban al centro, el tren pasó junto a imponentes edificios de piedra y mármol, restos de un pasado glorioso que aún se mantenían en pie desafiando el paso de los siglos. Las luces de los faroles se reflejaban en los adoquines húmedos de las plazas, creando un juego de luces y sombras que fascinaba a Goyo. Podía imaginar a los habitantes de la ciudad paseando por esas calles míticas, riendo y charlando animadamente, ajenos al mundo que los rodeaba. Finalmente, el tren entró en la estación Napoli Centrale. Sus luces iban iluminando el andén como un faro en la noche. Goyo se levantó de su asiento, estirando un poco las piernas antes de tomar su equipaje y dirigirse hacia la salida. ¿Cómo sería el tal Mono Benálteguy? ¿Qué clase de personaje inesperado lo estaba aguardando esta vez? Qué rumbo sorpresivo tomaría ahora este viaje que de tan ansiado y preparado, en pocas horas se había tornado tumultuoso, confuso y peligroso.

Afuera, el aire cálido y húmedo lo envolvió como un manto, recordándole que estaba lejos de su hogar y que una nueva aventura lo esperaba en esa ciudad llena de encanto y misterio. Mientras caminaba por las calles de Nápoles, Goyo no pudo evitar sentir una mezcla de emoción y nerviosismo. Sentía a cada paso que su vida estaba a punto de cambiar para siempre, pero en ese momento, con la ciudad a sus pies y un mundo de incógnitas presentándose ante él, no podía esperar para ver qué le deparaba el futuro. Definitivamente, al pisar Nápoles, Goyo Gandulla se convenció a sí mismo que su viaje pasaba a ser una auténtica aventura. Aunque no sabía a ciencia cierta si esa aventura iba a deparar cosas agradables para él. Hasta allí, el sabor era bastante amargo.

Hijo… ¿estás bien? Perdoná la hora, pero no me puedo dormir -lo rescató un mensaje de su madre mientras caminaba en busca de la Vía Ettori Bellini.

Goyo miró en derredor, y siguiendo el enlace enviado por Petaca, fue en busca de la dirección indicada, allí donde supuestamente lo esperaría el tal Nicasio “Mono” Benálteguy. Mientras caminaba iba tipeando una respuesta a su madre, que después eligió cambiar a un audio.

Hola, má… todo bien por acá… recién bajo del tren… me vine a Nápoles. Estaba a una hora, así que aproveché para venir a conocer esta ciudad, y… bueno, vos sabés que todo lo que tenga que ver con Maradona me atrae mucho. Después… todo bien, má… ¿ustedes por allá?

El audio recibió un inmediato doble chek celeste, señal inequívoca que Rosita estaba en línea esperando ansiosa la respuesta de su hijo.

Por acá bien, Goyi… te extrañamos. No me gusta tu voz, hijo. No sé si será que recién te bajás del tren, pero me da la impresión que algo te pasa. ¿Estás comiendo bien, nene? Decime la verdad, querido -eligiendo también la modalidad auditiva del WhatsApp, Rosita interrogaba a su hijo, intuyendo algún problema.

No, quedate tranquila, mami. Estoy en la calle buscando el hotel que reservé, por eso te debo sonar como disperso. Pero todo bien. Bueno, má… te mando un beso, saludos a papi y a todos. Mañana te escribo.

Está bien, hijo. Cuidate, por favor, y teneme al tanto de vos. Mandame una foto cuando puedas -pidió su madre a Goyo, sabedora que tan sólo ver el rostro de su hijo le bastaba para detectar su estado general.

Eran casi las diez de la noche en Nápoles. En las inmediaciones de la Vía Ettore Bellini se percibían más aromas que personas circulando. En el aire se mezclaban un fuerte olor pútrido que parecía provenir de las rejillas de ventilación de las cloacas -así lo creyó Goyo al ver cómo salía el vapor por un tubo clavado en medio de una vereda-, con efluvios gastronómicos varios. Goyo caminó un par de cuadras por la calle indicada, y al llegar al 11 detectó un edificio que sólo se destacaba de la opaca generalidad circundante por el color de sus paredes: bermellón.

¿Y ahora qué garcha de botón aprieto? -dijo en voz baja Goyo mientras miraba el portero eléctrico, un rectángulo plateado y corroído que mostraba decenas de botones pero ninguna identificación.

Toc… toc… toc -se escuchó el golpeteo medido pero sorpresivo en el ingreso al edificio, sobresaltando a Goyo: una figura humana había emergido de las sombras golpeando el vidrio con uno de los nudillos de su mano derecha- ¿Vos sos Goyo?

Sí, soy Goyo. ¿Usted es… el Mono?

Para vos, Nicasio Benálteguy. Vení… pasá.

Perdón… Petaca me mandó el nombre pero no lo recordaba. Mucho gusto señor Benálteguy -dijo Goyo extendiéndole la mano.

Dale, pasá, pibe. Después me saludás -insistió, misterioso, el fornido hombre, para luego mirar hacia la calle en actitud de precaución.

Benálteguy era un hombre de respetable estatura, de unos cincuenta años, pelo entrecano y tupido, contextura robusta, y mirada extremadamente adusta. Mientras subían las escaleras -Goyo siguiendo a Benálteguy- de los demás departamentos surgían diálogos totalmente incomprensibles para el romeño. El Mono, de acuerdo a su lenguaje corporal, daba la sensación de ser un hombre decidido.

Pasá -indicó Benálteguy al llegar a la puerta del departamento C del segundo piso. Dejá las cosas por ahí. ¿Comiste?

La verdad, casi nada. Sólo un café de máquina expendedora. En la Términi de Roma, antes de tomar el tren para acá.

Bueno. Sentate que ahora te sirvo algo. ¿Leche tomás?

Sí, no hay problema.

El departamento de Benálteguy -o por lo menos el lugar donde aquel hombre vivía- olía a comida. Era como un olor a sopa de verduras que impregnaba todo el ambiente. Hasta le pareció sentirlo en la servilleta de tela que Nicasio Benálteguy le trajo antes de servirle el vaso de leche. Las paredes eran de un color clarito indescifrable, y estaban decoradas de una suciedad añosa. El mobiliario era escaso, apenas tres sillas distintas, una mesa de fórmica gris con patas de caño redondo, una mesita de living atestada de diarios y revistas viejas, un sillón individual forrado en cuerina celeste -celeste igual al del Nápoli-, y un sofá de pana gruesa color verde oscuro. En la punta de la mesa, un televisor de aspecto vintage y marca RCA, de carcaza color rojo y dimensiones que lo hacían más largo que alto, mostraba un documental de la RAI sobre algún suceso relacionado al fascismo. Sobre el aparato, un muñeco Tricolore, la mascota del Mundial Italia 1990, se resistía al paso del tiempo. En materia cromática, nada hacía juego con nada en aquella pocilga. Y aun no había pasado al baño.

Don Nicasio… ¿podría pasar al baño? -pidió Goyo.

No es necesario el “don”. Aparte en esta ciudad ese apodo puede confundir. Decime Nicasio y punto.

Bueno -aceptó Goyo, que hacía pocos minutos que trataba con Benálteguy y todavía no sabía cómo dirigirse a él.

Si el living comedor del departamento tenía un aspecto en verdad deprimente, el baño era una invitación a salir corriendo. Azulejos blancos con pastina negra -inundada de moho- que se amontonaban uno tras otro sin intercalar al menos uno que estuviera intacto. El azulejo que no estaba rajado, estaba incompleto. La flor de la ducha estaba atestada del mismo moho de la pastina, pero en este caso se asemejaba a un racimo de uvas. El inodoro carecía de tapa, y la mochila se operaba con un cable naranja que caía hasta enroscarse en el extremo. Después de orinar, Goyo se dio vuelta y se vio en aquel espejo percudido en sus extremos -iluminado por la tenue bombita de luz colgante- que le devolvió una imagen tan desoladora como lo era su estado anímico.

Y mi vieja quiere que le mande una foto. Si le mando una mirándome a este espejo, va a pensar que me internaron en un instituto neuropsiquiátrico -pensó Goyo, mientras trataba, infructuosamente, de abrir la canilla del lavabo.

Lavate las manos acá, en la cocina -se escuchó la voz de Benálteguy que venía desde el comedor.

El vaso de leche representó casi un asado para el famélico estómago de Goyo. Cuando pensó que la oferta alimenticia de Benálteguy se limitaba al vaso de leche, se escuchó el sonido clásico del microondas.

Ahora te traigo un poco de pizza. Serán italianos estos pero ni en pedo hacen la pizza como en Argentina -comentó Benálteguy, acercándole a Goyo un plato con dos porciones de una fina masa decorada con apenas una pincelada de salsa de tomate, un poco de mozzarella y restos de una aceituna poco carnosa.

¿No responde a su fama la pizza de los tanos? -preguntó Goyo aprestándose a saborear aquellas porciones como si fueran el manjar más exquisito del universo. A ver… ya le digo, Benálteguy.

Esa pizza es una verga. Pero bueno… mucho no pude cocinar.

Mmmm… no está tan mal.

Se ve que venís con hambre.

Así que le gusta cocinar… ¿qué menú es su especialidad?

No me gusta cocinar. Pero es más barato. A propósito, pibe…

El gesto de Benálteguy se tornó aun más serio todavía. Por su prolegómeno en la charla -“a propósito, pibe”-, Goyo tuvo la inmediata sensación que se venía alguna cuestión relacionada con dinero. Seguramente Benálteguy iba a hacer referencia a cómo pensaba solventar los gastos de comida. No se equivocó.

La comida sale plata. ¿Cuánto vas a poner? Te lo pregunto de entrada, así… de frente manteca. Me dijo Navarro que venís por un tiempo. Y te aclaro que no me importa en lo más mínimo el motivo por el cual llegaste a este lugar. Pero sin dudas sos un protegido. Igual que yo.

Exacto, Benálteguy. Mire… respecto del dinero, lo único que le puedo decir es que yo puedo aportar como si pagara una estadía. Después usted lo usará para la comida, o para los gastos que disponga. No sé qué le parece la idea…

Tá bien. Buena propuesta. Después calculamos lo que sale una pensión barata en la zona, y vos aportás eso. Acá a la vuelta hay un albergo, mañana pregunto cuánto es la tarifa diaria para tener una idea, y después te digo.

Perfecto, Benálteguy.

Napoli Centrale, principal estación ferroviaria de la ciudad “partenopea”.

Goyo comía la segunda porción de pizza, Benálteguy miraba sin ver el documental de la RAI, y el frío empezaba a meterse por la ventana entreabierta. Después de saciar su apetito, a Goyo lo empezó a abordar una tristeza creciente. Se miraba a sí mismo en el reflejo del televisor, miraba el gesto vencido de Benálteguy, con los antebrazos apoyados en la mesa, la mirada lánguida que ahora sí, combinaba con el aspecto de aquel tugurio, y no podía comprender cómo en tan pocas horas su soñado viaje a Europa terminaba -o quizá continuaba- en ese lugar, y en ese contexto. Un joven bonaerense de 18 años, que había salido de su pequeño pueblo cargado de sueños y expectativas, apenas unos días después estaba sentado en un oscuro departamento de Nápoles, compartiendo la protección mafiosa de la Camorra con un taxista porteño, para huir de un acecho también mafioso vinculado a una mujer de Parque Patricios y un mafioso ruso. Estaba tan cansado físicamente que esperaba el momento de irse a dormir para despertarse horas más tarde con la sensación de haber tenido un mal sueño.

Dormís en el sofá, pibe. Ahora te traigo una cobija para que te tapes -indicó Benálteguy, y se metió en su habitación.

Esa ventana… ¿usted después la cierra toda, no? -preguntó Goyo, dando por descontado que así sería.

No -se escuchó la voz del Mono, que era una voz grave sin llegar a calificar musicalmente como un bajo.

Goyo miró la ventana nuevamente, una de cuyas hojas estaba a diez centímetros de hacer tope contra el marco, y se preguntó cuál sería la razón para que su anfitrión se negara a cerrarla en pleno enero europeo.

Pasa que tengo un calentador a gas que a veces pierde un poco y larga olor. Prefiero cagarme de frío antes que morir intoxicado -aclaró Benálteguy, que emergió de su dormitorio portando una cobija de aspecto rancio y vetusto.

Ah… entiendo.

Tomá. Tapate con esto. Ahí tenés un almohadón para apoyar la cabeza. Yo te diría que no te desvistas, así te cagás menos de frío. Yo me levanto a las seis de la mañana… ¿vos sos de dormir mucho?

No. Mejor dicho… si estuviera en mi casa capaz que le pego hasta las doce del mediodía. Pero afuera… seguramente duermo menos.

Bueno, igual yo no hago mucho ruido. Desayuno alguna boludez y salgo a hacer viajes… cosas del laburo que hago, cuanto menos te explique mejor.

Entiendo, Benálteguy, quédese tranquilo que yo no pregunto nada. Lo que no sé es que debería hacer yo mañana. ¿Usted qué dice?

Mañana quedate acá adentro. Mirá televisión, nomás. Yo consulto con unas personas y cuando vuelvo te digo. ¿Está claro? Calculo que por unos días te van a guardar, hasta tanto vean qué actividad podés hacer -informaba el Mono mientras prendía el calefactor previamente descripto.

De acuerdo.

Hasta mañana, pibe -saludó Benálteguy ya de espaldas, para luego apagar el televisor y adentrarse en el misterioso mundo de su dormitorio.

Apenas quedó prendida la luz de un velador que estaba en el piso, y del cual Goyo ni siquiera se había percatado. Recién al oscurecerse el resto del departamento, ese velador tomó protagonismo. Iluminado por esa endeble y desoladora fuente de luz, Goyo se tiró sobre el sofá y se tapó con la escasa cobija. Creyó que su cansancio físico y mental lo arrojarían a horas de sueño reparador. Pero una vez acostado, se dio cuenta que le costaría mucho dormir. No tuvo en cuenta que serían muchas fuerzas juntas las que se combinarían para impedírselo, para ganarle a su cansancio. El olor a comida impregnado en todo -en la cobija también-, el frío napolitano de enero que se metía por la ventana sin cerrar, el olor a gas que empezó a percibir saliendo del calefactor, las dudas acerca de su futuro inmediato, y sobre todo su incredulidad respecto de la situación, detonaron en Goyo Gandulla una tristeza explosiva. Y a la par de esa tristeza profunda y creciente, un miedo desolador. Terror, más que miedo. Entonces, en vez de entregarse al sueño, Goyo se entregó al llanto. Un llanto silencioso pero desencajado. Un llanto casi de niño. Temblando de frío, de miedo y de tristeza pasó casi dos horas que le parecieron mil. Hasta que su vejiga clamó por desalojarse, y acudió al baño. Después de orinar, de volver a verse en aquel espejo deplorable, advirtió un detalle que se le pasó por alto en su primer ingreso al sanitario: del lado de adentro de la puerta, colgado de una improvisada ménsula, había un toallón. Ese toallón que encontró de manera providencial en medio de su primera noche en Nápoles, fue su abrigo pero también su protección, su mantra, su compañía y su amuleto durante las noches que pasaría a orillas del Vesubio. Era un toallón del Nápoli, con la figura de Diego Maradona estampada en casi toda su extensión. Era tal su angustia, su miedo y su desolación, que entendió al toallón como un mensaje en la oscuridad. Ahí mismo lo sumó a la cobija para redoblar su abrigo. Así logró dormir un par de horas, y aunque Benálteguy -al día siguiente- pretendió recuperar el toallón, Goyo jamás se lo devolvería.

Pibe, con ese toallón nos tenemos que secar -le dijo a la mañana siguiente, cuando Benálteguy desayunaba y Goyo lo miraba, totalmente despabilado, desde su posición en el sofá.

Traiga otro, Benálteguy. A éste, no se lo devuelvo más.

¿Dormiste bien, al menos?

Más o menos. Pero ya vendrán noches mejores.

En el bullicioso y caótico corazón de Nápoles, Goyo se encontraba confinado en el sombrío departamento de Benálteguy, con la mirada perdida en la pantalla parpadeante de la RAI. El canal alternaba programas periodísticos y documentales, uno tras otro. Ninguno alcanzaba a acaparar ni el interés ni la comprensión de Goyo, salvo cuando en uno de esos programas cantó Eros Ramazzotti. El olor a café se elevaba perezosamente en el comedor, mezclándose con el aroma rancio de la decadencia que impregnaba las paredes decoloridas. La mañana la pasó así, yendo de un extremo al otro del comedor, y casi sin salir al balcón, por miedo no sabía bien a qué. Luego, mentras las sombras de la tarde se alargaban, Goyo aguardaba con nerviosismo, consciente de que su destino pendía de un hilo en manos de la misteriosa y temida Camorra. Cada sonido en la calle resonaba como un eco ominoso en su mente, recordándole la peligrosa red de influencias y poder que lo rodeaba. El ruido distante de una sirena de policía se filtraba por la ventana entreabierta, sumándose al murmullo constante de la ciudad. En ese momento de incertidumbre, Goyo se vio a sí mismo como una pieza en un juego de ajedrez imprevisto, moviéndose en un tablero donde las reglas eran dictadas por fuerzas invisibles y peligrosas.

Con la mirada fija en la pantalla, Goyo esperaba con una mezcla de ansiedad y determinación, sabiendo que su futuro estaba en manos de aquellos cuyas intenciones permanecían ocultas en las sombras de la noche napolitana. La decisión de la Camorra resonaba en el silencio tenso de la habitación, mientras el destino de Goyo se desplegaba lentamente ante sus ojos, como las páginas de un oscuro y enigmático capítulo de su vida en la ciudad de los secretos y las traiciones.

Se pasó casi todo el día a leche y masitas. Unas masitas húmedas que encontró en una lata. Igual mucho hambre no tenía. Le ganaba su angustia, su incertidumbre, sus dudas. A las dos de la tarde se metió en el baño y se dio una ducha que desde Benetúser no se daba. El chorro de agua que salía de la regadera copada por el moho, si bien tenía poca fuerza, era de una temperatura más que apta. Se secó con el toallón de Maradona, y luego lo colocó en una silla, cerca del calentador, logrando secarlo en menos de dos horas. A eso de las 7 de la tarde sintió pasos subiendo la escalera. Supuso que era Benálteguy, pero esos pasos se alejaron, y siguieron subiendo más pisos. Hasta que quince minutos más tarde, sin que esta vez mediaran pasos precedentes, Goyo escuchó el ruido de las llaves a punto de abrir la puerta del departamento.

Qué tal pibe… ¿todo tranquilo? -saludó el Mono.

Hola Benálteguy. Sí, por acá todo en orden. ¿Usted?

Bien. Acá traje para hacernos unos sanguches. ¿Te gusta la mortadela?

Obvio.

El Mono aprestaba panes y fiambres sin lavado de manos previo, lo que incomodó un poco a Goyo. De la misma bolsa donde traía los alimentos, Benálteguy sacó una Coca Cola Zero, y la puso sobre la mesa.

Destapala y servite, pibe.

¿Pudo averiguar algo de lo mío, Benálteguy? -inquirió Goyo, algo ansioso.

Todavía nada, pibe. Paciencia. Estas cosas se mueven muy despacio.

Pero… ¿podré salir a dar una vuelta al menos?

Y… por unos días no es conveniente. No sé cómo viene la mano con vos, pero si estás acá es porque algún peligro te sigue los talones. Entonces… más vale quedate guardado unos días. Yo te entiendo, pibe. Cuando llegué pasé la misma que vos. Pero creéme que es mejor guardado que en peligro.

Es que… yo no puedo creer que el peligro sea tanto. Si yo le cuento el motivo… usted va a coincidir conmigo que es una boludez…

No, pìbe. No tenés que contar nada. Es una exigencia que te hago. No me cuentes nada. Es para protección tuya pero también mía. Cuanto menos sepamos uno del otro, va a ser mejor para los dos.

La RAI emitía un documental sobre las Brigadas Rojas. Benálteguy masticaba y tomaba Coca Zero casi sin prestar atención al televisor. Goyo apenas si había probado bocado. Sentía su estómago cerrado, como si a la altura del píloro le hubieran puesto un torniquete. Se aprestaba a otra noche de desvelo. El día había sido algunos grados más cálido que el anterior, pero la noche parecía tomar el camino inverso.

Pibe… no te preocupés por el toallón. Conseguí otro.

Ah, bueno. Gracias, Benálteguy.

Decime Nicasio, si querés.

Está bien, Nicasio.

Me baño y me acuesto. Vos si querés seguí mirando televisión. El control remoto no anda, pero si querés cambiar de canal tenés que meterle dedo en la botonera. Igual los demás canales se ven con lluvia.

El secuestro de Aldo Moro copó la pantalla. El recuerdo de haber escuchado esa historia lo trasladaba a alguna conversación mantenida en el Maple. Seguramente habría sido el Dani Tejera el que incluyó el tema en alguno de aquellos diálogos antológicos suscitados en el bar, en el cual el sabio Maplecito sabía despacharse con alguna salida de las suyas, combinando cultura general con sabiduría pueblerina. Era una receta típica del Dani Tejera: datos del conocimiento y artilugios de su impronta.

¿Qué pasa que Candibere no viene más al bar? -preguntó Calchaquí Da Silva, cruzando sus largas y alambrosas piernas con un charme digno de un integrante de la realeza, sino fuera que se trataba de un longilíneo albañil siempre vestido de grafa.

Lo tiene secuestrado la mujer -contestó Ovidio Lángara, camionero sempiterno de la Cooperativa.

Si está secuestrado hay que ir a rescatarlo -opinó Calchaquí.

No lo rescataron a Aldo Moro cuando lo tenían guardado las Brigadas Rojas, mirá si lo van a rescatar al pollerudo de Candibere -cerró el Dani haciendo gala de su impronta de bar, pero con la sabiduría suficiente como para incluir en su comentario un tema histórico de importancia, lo que a Goyo Gandulla lo llevó a interesarse en el tema, en lo que bien puede concebirse como una influencia positiva.

La segunda noche de Goyo Gandulla en el departamento de la Vía Éttore Bellini sería un poco menos triste que la primera. De entrada hubo un poco de llanto, pero no tan desgarrador como en la noche anterior. El frío se hizo sentir un poco más, pero con el toallón de Diego previamente precalentado en la estufa, le resultó más sencillo hacer frente al invierno napolitano. A pesar de haber permanecido todo el día dentro del departamento, y de prácticamente no haber realizado ningún esfuerzo, esta vez logró conciliar el sueño mucho más rápido. Igualmente se despertó cuando sonó el despertador de Benálteguy, que asomó sonoramente a las 6 en punto desde adentro de ese universo aun inexplorado por Goyo. A pesar de haber estado solo durante toda la jornada, ni siquiera se asomó a la habitación de su anfitrión, quien por otra parte, cada vez que entraba o salía de ella se aseguraba de cerrar la puerta. Sin echar llave pero cerrándola con firmeza, como para dejarle en claro a su huésped que ese reducto era territorio inexpugnable, propio de su exclusiva soberanía. Lo único que el interior de la habitación dejaba fluir sin secretos cuando el Mono abría y cerraba la puerta, era un vaho pestilente a viejo, a guardado, a hacinamiento. A casa abandonada.

Mejor no ver nada -pensaba Goyo cada vez que imaginaba qué cosas habría allí.

Goyo se preguntaba una y otra vez qué misterios escondería la habitación del Mono Benálteguy, esa puerta cerrada con llave que se negaba a revelar sus secretos. Cada vez que el Mono entraba o salía, cerraba con fuerza, como si quisiera mantener a raya al mundo exterior, como si en ese cuarto se encerrara algo demasiado preciado o demasiado peligroso para que otros ojos lo vieran. Goyo, aun desacostumbrado a la vida en las sombras, a los códigos de silencio y a los pactos inquebrantables de la Camorra, sabía que no debía dejarse llevar por la curiosidad. Pero la tentación era demasiado grande. Imaginaba que tal vez allí, en esa habitación, se guardaban las pruebas de los negocios turbios del Mono, los sobres repletos de billetes que servían de pago a los sicarios que él repartía, las listas con los nombres de supuestos traidores que debían ser eliminados. O quizás, en el fondo de su corazón, albergaba la esperanza de que el Mono escondiera algo más noble, algo que lo redimiera de esa vida de tráficos delictivos: tal vez fotos de una mujer amada, de una hija a la que proteger, pruebas de un sueño por el que valiera la pena luchar. Pero Goyo sabía que eso era pura fantasía. En el mundo de la Camorra, no había lugar para los sueños ni para el amor. Solo existía la ley del más fuerte, el poder del dinero y la sombra de la muerte que acechaba a cada paso. Y sin embargo, cada vez que el Mono cerraba esa puerta, Goyo no podía evitar preguntarse qué pasaría si se atreviera a abrirla, si se arriesgara a descubrir los secretos que allí se escondían. Pero sabía que eso sería muy parecido a firmar su sentencia de muerte. Así que se conformaba con mirar de reojo, con escuchar atentamente los ruidos que provenían del otro lado, con imaginar lo que podría haber allí dentro, con fruncir la nariz cada vez que aquel vaho pestilente inundaba el comedor. Y mientras el Mono dormía, Goyo se acercaba a la puerta, pegaba la oreja a la madera, y hurgaba en el silencio tratando de capturar alguna señal que le diera una pista mísera con la cual entretenerse y matar el hastío de su encierro.

Madrugada en Nápoles. Goyo dormía, enfundado en su toallón maradoniano. A juzgar por los ronquidos que se escapaban de su dormitorio, Benálteguy también. Los sonidos del tráfico napolitano empezaban un leve in crescendo, en inequívoco indicio de la cercanía del amanecer. Algunos gritos, algunos ladridos, algunas sirenas, se iban sumando a esa sinfonía urbana. En medio de esa partitura barrial, se oyó nítido el ingreso de un mensaje al celular de Goyo, que siempre lo dejaba cargando durante la noche, enchufado al único toma disponible que había al costado del sofá.

Hola Goyito… cómo va… cuando puedas hablame -leyó Goyo en la semipenumbra del departamento el mensaje de WhatsApp que le enviaba Daniel Peralta, su gran amigo romeño, el mismo que lo había llevado hasta Ezeiza días atrás.

Dani querido… qué pasa… ¿es urgente? No me asustés -tipeó Goyo en respuesta.

Más o menos. Es sobre Petaca y la Oveja. Me enteré de algunas cosas un poco turbias. ¿Estás con ellos, no?

FIN DEL CAPÍTULO Nº9

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