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Intrigado por el mensaje de Daniel Peralta, Goyo amagó con incorporarse. En ese mismo instante sonó el despertador de Benálteguy. Para no generar sospechas en su anfitrión, prefirió silenciar el celular y lo volvió a dejar en posición de carga. Benálteguy se levantó, salió de su encierro nocturno abriendo la compuerta de aquel dique oloroso, y se metió en el baño. Mientras el Mono se duchaba, Goyo aprovechó para retomar el diálogo interrumpido con Daniel Peralta.
– No, estoy en Nápoles, es largo de explicar. Pero decime más o menos de qué se trata. Ahora no puedo llamarte.
Envió el mensaje y al cabo de pocos segundos, se percató que el doble check demoraba en marcarse. E inmediatamente se dio cuenta que le había desaparecido la foto de perfil de Daniel. Como si su amigo lo hubiera bloqueado.
– Qué mierda pasa ahora… la concha de su madre. ¿Estoy soñando? -pensó Goyo mientras de reojo vigilaba que Benálteguy no apareciera en escena, ya que habitualmente sus duchas duraban menos que un lavado de manos.
¿Qué habría pasado con el WhatsApp de Peralta? Por las dudas, Goyo chequeó los últimos chats que había mantenido con sus contactos más cercanos. Su madre, Petaca mismo, un mensaje de su abuela Leticia, y algunos más que aun mostraban las fotos de perfil habituales. Pero justo en el último, el enigmático mensaje de Peralta, había visto esfumarse el perfil de su amigo.
– ¿Estás despierto, pibe? -saludó Benálteguy al salir del baño, aun con el cabello mojado y en chancletas.
– Sí, me desperté con el ruido de la ducha.
– ¿Con el ruido de la ducha? Si hace menos ruido que un motor nuevo… No me chamuyés, pibe, vos extrañás a tu mamita, jajaja…
La risa de Benálteguy, primera que Goyo le escuchaba, le resultó burlona y bastante ofensiva. Como una risa que ocasiona una broma en el secundario. Risa de gaste, risa de sorna. Además, le hizo un ruido desagradable el “mamita”, vocablo despectivo que lo enojó de inmediato.
– Puede ser. Siempre se extraña a la madre. ¿Usted no extraña a la suya?
– Te dije que de mi vida no me preguntaras nada, pibe -advirtió con severidad Benálteguy, señalándolo con el índice derecho, mientras calentaba el café.
– Ah, claro… ¿Usted puede hacer referencia a mi madre de manera despectiva y yo no le puedo preguntar por la suya? Quedamos en que ninguno de los dos se metía con la intimidad del otro -replicó Goyo con tono asertivo.
– Dale, pibe. Quedamos así -cerró Benálteguy visiblemente molesto por la respuesta del joven que lo enfrentaba aun enfundado en su toallón maradoniano.
El Mono tomó el café de parado contra la mesada de la cocina, se puso un camperón de cuero, se enroscó la bufanda en el cuello, y se fue sin saludar. Estaba claro que no le había caído en gracia el reciente intercambio con Goyo. El muchacho, apenas los pasos de Benálteguy en la escalera empezaron a disminuir su volumen, volvió a escudriñar su celular para discernir lo que había pasado.
“Más o menos. Es sobre Petaca y la Oveja. Me enteré de algunas cosas un poco turbias. ¿Estás con ellos, no?“. Ese había sido el mensaje de Daniel Peralta antes de esfumarse su foto de perfil. ¿Qué serían esas “cosas un poco turbias” a las que se refirió Daniel? ¿Cómo se habría enterado de las mismas? ¿Cuál sería el tenor de esas actividades de las que Peralta había tomado conocimiento? La intriga de Goyo se acrecentaba al considerar la hora del mensaje de Daniel Peralta: la una de la madrugada en Argentina. Si bien Daniel era de trasnochar, se trataba de un día de semana, y a la mañana siguiente se levantaba temprano para ir a trabajar a la Cooperativa. Abrumado por tanta incertidumbre, Goyo caminó, intranquilo, por ese departamento, yendo de una punta a la otra, tratando de decidir el siguiente paso, pensando en voz alta cuál era la mejor opción para retomar el diálogo interrumpido con Daniel.
Primero intentó llamarlo directamente a la línea. La respuesta fue un tono ocupado raro, pulsos con un sonido casi metálico, de nave espacial en los setenta, como a destiempo inlcuso. Después probó con una llamada de WhatsApp. Aunque de entrada supuso que sería inviable. Ya de por sí una llamada de WhatsApp resulta inviable: si desapareció la foto de perfil del contacto, mucho más inviable aun.
– ¿Qué mierda pasó con Daniel? -dijo Goyo mirando el tránsito de Éttore Bellini, que a esa hora de la mañana comenzaba a espesarse, como así también crecían de a poco las voces altisonantes típicas de los napolitanos.
El camino siguiente que eligió su mente fue llamar a su madre, pero abortó esa idea de inmediato: si la desaparición del contacto de Daniel Peralta implicaba alguna cosa rara, no era buena idea inmiscuir telefónicamente a su madre. Y mucho menos a esa hora de la madrugada. Llamar a Rosita a la madrugada era incrementar exponencialmente su preocupación de madre, y predisponer sus sentidos para desentrañar en el simple tono de voz de un hijo su real estado de ánimo.
– No te queda otra, Goyito -se dijo a sí mismo, convencido que su próximo paso no podía darlo en el interior de ese departamento, a esa altura de su estadía napolitana casi un encierro típico de secuestro.
Se cambió, se abrigó bien, y desafiando el consejo de Benálteguy se largó a la calle. El frío lo abofeteó apenas salió del edificio, pero antes que volver por otro abrigo decidió apurar el paso para ir entrando en calor. Compró cospeles en una tienda y se dirigió al primer teléfono público que encontró, justo en la esquina de Éttore Bellini y vía Galante Giuseppe. Mirando el contacto en su celular, marcó el teléfono de Daniel Peralta. Sabía que era muy tarde para llamar a alguien del otro lado del Atlántico, pero la situación lo ameritaba. Además, había sido el propio Peralta el que lo llevara a esa situación de angustia y urgencia con su misterioso mensaje de la madrugada. No habían pasado tres tonos de la llamada -tonos como lejanos, de sonoridad metálica, con un eco transoceánico de otra década, como si en vez de estar llamado a alguien de otro continente, en realidad estuviera llamando a alguien en Marte-, cuando sintió un manotazo abrupto quitándole el tubo del teléfono público.
– Cosa fai -dijo el corpulento hombre que había interrumpido el contacto, aun antes que el mismo se estableciera.
– ¿Y usted quién es? ¿Qué hace? -se defendió, temeroso, Goyo.
– Andiamo -dijo el hombre, y lo llevó del brazo por la vía Éttore Bellini, sin que ningún transeúnte siquiera se percatara de la escena.
Un hombre recio en su accionar llevaba a otro del brazo, como arrastrándolo, y nadie decía ni hacía nada. Ni siquiera miraban. ¿Formaría parte de una tácita “omertá” ciudadana de Nápoles? Goyo ya dudaba de todo y de todos. Se sentía, en su paranoia, protagonista de una especie de “Show de Truman”.
Goyo caminaba con dificultad, siendo prácticamente arrastrado por aquel hombre de la Camorra -al menos lo suponía como tal- que lo sujetaba firmemente del brazo. Sus pensamientos eran un torbellino de confusión e incertidumbre. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Por qué lo habían sacado de Valencia y, previa escala en Roma, lo habían traído hasta Nápoles? Recordaba vagamente el chat con Daniel Peralta, cuando éste puso en duda las actividades de Petaca y la Oveja en Valencia. ¿Acaso eso tenía algo que ver con su repentino secuestro? Goyo intentaba atar cabos, pero todo parecía tan descabellado e irreal. Nunca se imaginó que su amistad con Petaca y Oveja, dos pibes de Estación Roma como él, pudieran traerle tantos problemas. Siempre los consideró amigos de confianza, pero ahora no estaba tan seguro. ¿Habrían hecho algo para molestar a la Camorra? ¿O eran parte de alguna sociedad con la organización mafiosa napolitana? ¿O acaso él mismo había cometido algún error que lo había puesto en la mira de estos peligrosos mafiosos italianos? Mientras caminaba por las calles de Nápoles, Goyo se preguntaba si volvería a ver a su familia. Temía por su vida y no sabía qué le deparaba el futuro. Cada vez que intentaba zafarse del agarre de su captor, éste lo apretaba con más fuerza, recordándole quién tenía el control de la situación. Goyo se sentía impotente y aterrado. Sólo esperaba que todo fuera una pesadilla de la que pronto despertaría, pero en el fondo sabía que la realidad era mucho peor. Cuando finalmente llegaron al departamento de Benálteguy, Goyo tragó saliva con dificultad, preguntándose qué le deparaba el destino en aquel lugar, lejos de todo lo que conocía y amaba.
– ¿Me querés decir qué carajo tenés en la cabeza? -el Mono Benálteguy se puso de pie al ver entrar a Goyo a su departamento, y lo encaró envuelto en ira, con la clara intención de tomarlo del cuello.
– State chito -lo frenó el morrudo personaje que había arrastrado a Goyo por la vía Éttore Bellini. Siediti e traduci quello che dico.
Nicasio Benálteguy desbordaba de enojo. Miraba a Goyo con ganas de pegarle. Era claro que el accionar del romeño había complicado la situación del taxista amigo del viejo Navarro. Pero la robustez del fornido hombre de la Camorra era lo suficientemente temible como para que cualquier conato de pelea se abortara al solo efecto de su mirada severa. Acto seguido, el grandote sentó a Goyo en el sofá, a Benálteguy bien de frente en una silla, y él eligió sentarse en medio de ambos, en otra silla, pero puesta al revés -es decir con el respaldo hacia adelante-, en un gesto que a Goyo, aun sumido en tan angustiante escena, le trajo recuerdos de sus vecinos de Estación Roma saliendo a sentarse en la vereda por la tardecita, tan sólo para mirar pasar la vida.
El italiano hablaba y Benálteguy, mordiendo las palabras y sin dejar de mostrarle todo su enojo a Goyo con la mirada, iba traduciendo.
– Dice que es la última vez que movés un dedo sin autorización mía. Sos un protegido, por lo tanto, no podés hacer lo que te venga en ganas. Ni salir de acá, ni hablar por teléfono con nadie, ni moverte de un lugar a otro sin que yo te haya autorizado. La próxima actitud que se salga de ese libreto, te quitan la protección.
Con toda la angustia instalada en su rostro, Goyo escuchaba y asentía al borde del llanto. Tragaba saliva y demostraba gestualmente que de allí en más obedecería las indicaciones que le estaban traduciendo. Aunque por dentro era consciente que tendría que buscar la forma de huir de esta mafia también. A partir de la duda instalada por el mensaje de Daniel Peralta, a Goyo Gandulla sólo le quedaba un camino. Un camino que era hacia adelante. Un camino que consistía en escapar. De qué y de quiénes, aun no lo tenía del todo claro. Pero era indudable que estaba atascado en una situación de restricción de su libertad. Y si quería recuperarla, tenía que huir.
– Devi darmi il tuo telefonino -ordenó el grandote.
– ¿Qué dice? -preguntó Goyo al borde de la súplica, creyendo acertadamente haber entendido el pedido.
– Que le des tu celular -confirmó Benálteguy.
Las dos semanas que pasaron fueron de encierro total e incomunicación. Cuando se quedaba solo, es decir cuando Benálteguy salía a cumplir sus tareas, Goyo se sometía a un triple turno de gimnasia hogareña -si a ese antro podía llamársele hogar- que consistía en interminables series de abdominales, saltos a una soga improvisada con un hilo que encontró entre los trastos del comedor, sentadillas, y caminata intensa de una punta a la otra del comedor. El objetivo de tal rutina era uno solo: cansarse para llegar a la noche y dormir. Porque dormir era lo único que tenía a mano para evadirse de ese encierro, de esa incertidumbre, de ese desasosiego. De esa protección tan parecida al secuestro. Cada tanto se asomaba a la ventana y en cada persona que veía parada en la vía Éttore Bellini, creía ver un hombre la Camorra vigilándolo.
Con Benálteguy apenas si cruzaba saludos de ocasión. Al Mono aun le duraba el enojo por su escapada para hablar por teléfono, y más allá de las formalidades, apenas si le iba suministrando alguna información espaciada.
– Es probable que la semana que viene empieces a hacer algunos viajes. Supongo que sabés manejar, ¿no?
– Sí, sé manejar. Pero no tengo carnet habilitante para manejar acá en Italia. ¿Tengo que hacer algún trámite? -preguntó Goyo.
– Por eso no te preocupes. Un día de estos va a pasar una persona que te va a hacer la foto y el carnet se consigue.
– ¿Y de qué se trataría el viaje?
– Ir de un lado a otro, como todo viaje. Nada del otro mundo. Llevar documentación, entregarla en una oficina y punto. Y sobre todo, fundamental… no hacer preguntas de ningún tipo. Ni una.
– Se ve que no hay muchos choferes disponibles en Nápoles, por eso buscan a uno de un pueblo del interior argentino. Digo porque… le aclaro… no he manejado mucho en ciudades grandes -dijo Goyo, y se acordó de la célebre anécdota de su padre cuando hizo el flete a Ramos Mejía.
– Choferes sobran. Pero los viajes que te van a dar a vos son para que pagues de alguna manera por la protección que se te está brindando, pibe. ¿O qué te creés que hago yo todos los días?
– Ok. Entiendo. Una cosa, Benálteguy. ¿Puedo?
– Qué cosa… -preguntó el Mono mientras acomodaba en una silla la ropa que había traído del lavadero.
– ¿Podría traer algunos sahumerios? Este lugar huele a encierro y… no se ofenda, pero cada vez que abre la puerta de su dormitorio… sale un aroma fuerte. Por el encierro también. No lo tome como una ofensa.
– Sahumerios… después compro.
Los sábados eran como cualquier otro día de la semana. Benálteguy trabajaba y Goyo permanecía en el mismo encierro de todos los días. Esa rutina se alteraba solo los domingos, ya que ese día no había despertador para el Mono, quien igualmente se levantaba temprano – a eso de las 9- y se marchaba para cumplir otro tipo de tareas, según su propia confesión. Goyo suponía que en realidad los domingos Benálteguy los destinaba a visitar a alguna dama, a juzgar por su repentina prolijidad en la vestimenta, el peinado y los litros de perfume que se tiraba encima. Perfume barato, tipo Mc Gregor o Ambré de Wateau, que le recordaban a su abuelo Pichi.
Uno de esos domingos, a eso de las dos de la tarde, mientras miraba un documental sobre pesca submarina que pasaban en la RAI y al mismo tiempo hacía flexiones de brazos, Goyo sintió que alguien abría la puerta. Supuso que Benálteguy había terminado temprano sus asuntos románticos. Pero no. No era el Mono. Era un joven de unos treinta años, bastante bien parecido, de aspecto sombrío, con la piel blanca y pálida, el semblante taciturno, la actitud aletargada y el andar cansino. Vestía un sobretodo negro, zapatillas blancas, gorro de lana verde oscuro y guantes de cuero negros. Por su aspecto no daba la sensación de ser italiano. Su manera de moverse, su parquedad, hasta su aroma a limpio, inducían a Goyo a pensar que ese joven era cualquier cosa menos italiano. Y mucho menos, napolitano. Luego de cerrar la puerta, el joven apenas si saludó con la mano en alto, y le indicó con señas a Goyo que se pusiera contra la pared.
– Buenas. ¿Usted es el que viene a sacar la foto? -preguntó Goyo con la respiración entrecortada por la rutina de ejercicios.
El joven asintió apenas con un gesto labial. Se sacó los guantes, extrajo su celular del interior del sobretodo, lo puso en posición horizontal, y le sacó un par de fotos a Goyo, encuadrando únicamente su rostro. Indudablemente se trataba de la foto carnet que la Camorra precisaba para confeccionar la licencia “trucha” que le permitiera conducir por las calles de Nápoles, y por qué no, de Italia toda. Goyo lo miraba y sentía que de alguna manera ese joven le resultaba conocido. Quizá era tan significativa su necesidad de encontrar a alguien conocido, a alguien que le resultara familiar después de tantos días de encierro, que lo llevaba a suponer que lo había visto antes.
– ¿Todo bien? -preguntó Goyo, tratando de entablar algún tipo de conversación con su fotógrafo, que volvió a asentir gestualmente, ahora con un movimiento ascendente y descendente de cabeza. ¿Sos mudo, estás afónico o no podés hablar conmigo? ¿Eh? ¿Capisce?
El joven sonrió amargamente, meneando la cabeza pero ahora en una oscilación lateral. Chequeó en su celular que las fotos hubieran salido bien, volvió a ponerse los guantes, levantó su mano izquierda en señal de saludo y enfiló para la puerta. Cuando aquel joven le dio la espalda a Goyo, a éste le sobrevino una especie de revelación. O al menos así creyó percibirlo interiormente.
– Gracias, Paco.
Al escuchar ese nombre, el joven detuvo instantáneamente su marcha hacia la puerta. Dudó un instante en darse vuelta, pero apenas si torció su cuello unos centímetros a la derecha. Luego, siguió su camino.
Exactamente tres días después llegó el primer trabajo para Goyo. Ese primer viaje que le anticipara Benálteguy.
– Pibe… acá tenés tu carnet. Mañana a las ocho de la mañana tenés que ir a buscar un auto a esta dirección -y le entregó un papel escrito. Es una oficina de lotería. No es lejos de acá, podés ir a pata. Ahí te van a indicar donde tenés que llevar una documentación. Ese otro lugar es un garage, una especie de playa de estacionamiento subterránea. Ahí entregás la documentación, dejás el auto, te vas a tomar un café o a dar una vuelta, volvés a la media hora, y lo llevás a donde te indiquen. En ese último lugar te van a cambiar el auto, y con ese auto volvés a la oficina de lotería inicial. ¿Entendiste?
– Strada Comunale Ottaviano 57 -leyó Goyo en voz alta. ¿A cuántas cuadras queda de acá? ¿Me da un plano? Digo, porque me sacaron el celular, o sea que no puedo usar Google Maps.
– Yo te voy a dar un celular nuevo -le extendió el Mono un aparato moderno pero notoriamente usado.
– Por las dudas que se te ocurra hacer alguna boludez, te aviso que el auto va a estar geolocalizado. O sea que si te salís de libreto, sos boleta. Así de simple. Para qué vamos a andar con pedos atajados.
– ¿Y cuando ande a pata? ¿También voy a estar geolocalizado?
– ¿Vos sos boludo o te hacés? El celular, nene -dijo Benálteguy señalando el celular.
– Ah, sí… claro.
Esa noche Goyo prácticamente no durmió. Por más gimnasia que hubiere hecho, no hubo caso. Su mente rumió toda la noche acerca de cómo sería aquel primer viaje. Por momentos tembló de miedo -y de frío-, por momentos craneó alguna fantasía de escape y finalmente, cuando ya estaba por sonar el despertador de Benálteguy, se entregó a lo que tuviera que pasar. Fue así que en las postrimerías de lo que debió ser su duermevela, eligió dejarse llevar por la fatalidad, entendida ésta como destino y no como desgracia. Aun se sentía inmerso en un mal sueño, pero cada día la realidad se empeñaba en despavilarlo un poco más. Y ese día de febrero de 2019… vaya si tenía que estar despierto. En medio de su inesperada situación, no habría lugar para las desatenciones. Tenía que estar más concentrado que nunca.
– Me voy, pibe. Hacé las cosas bien -gruñó el Mono antes de enfundarse en un sobretodo marrón oscuro y una bufanda celeste.
– Sí. Y gracias por todo -respondió Goyo.
– ¿Qué decís? -se sorprendió Benálteguy.
– No, digo… por si me encajan un cuetazo. Gracias por la estadía. Muy lindo el departamento, la RAI pasa unos documentales buenísimos… la comida, bárbara. Sale un poco de tufo de su pieza, nada más. A propósito, no trajo los sahumerios.
Benálteguy lo miró con gesto neutro durante un par de segundos, lanzó un chistido de desprecio y luego desapareció del departamento.
Goyo Gandulla se vistió con ropa informal y salió de su apartamento en la Vía Éttore Bellini 11. El sol ya comenzaba a asomar sobre el horizonte, iluminando las calles vacías de la ciudad. Hacía mucho frío, más del que imaginó al elegir su vestimenta. Goyo caminó siguiendo el Google Maps, y mientras lo hacía, se fijó en los detalles de una ciudad en la que estaba hacía casi un mes pero recién empezaba a conocer. Notó la forma en que las sombras de los edificios se extendían sobre el suelo, creando un mosaico de tonos oscuros y claros. Escuchó el canto de los pájaros en los jardines y el murmullo -a veces casi griterío- de las conversaciones de los vecinos en las ventanas abiertas. El aire era fresco y limpio, sólo infiltrado por los aromas a comida, mezclados con los gases procedentes de los escapes de los autos. En esa caminata, a pesar del estrés, la angustia y la incertidumbre, Goyo sintió una extraña e inoportuna sensación de tranquilidad que no había experimentado en mucho tiempo. Asimismo, en cada cuadra que atravesaba imaginaba cómo sería escapar en ese mismo momento. Salir corriendo para desviarse del camino y llegar al aeropuerto para tomarse un imaginario avión que uniera el siguiente recorrido: Nápoles – Estación Roma -pero Roma la de su tierra natal, aquel pueblo donde su familia, especialmente su madre Rosita, aguardaba noticias suyas con desesperación, después de semanas de mensajes sin respuestas de su hijo. El miedo empezaba a tomarle todo el cuerpo nuevamente a Goyo, cuando al llegar a una esquina sintió de pronto un halo protector, una bocanada de familiaridad contenedora.
– A vos me encomiendo, Diego querido -musitó al pasar por un edificio que en su pared lateral ofrecía a la vista un mural del argentino más famoso del mundo, una deidad en Nápoles.
Al cabo de una caminata de cuarenta minutos, Goyo llegó a la Strada Comunale Ottaviano 57. En el lugar se erigía un edificio antiguo y descuidado, con paredes de ladrillo rojo y una puerta de madera que parecía estar a punto de caerse. En la planta baja estaba la agencia de lotería indicada por Benálteguy. Empujó la puerta de vidrio -que tenía pintado con letras el nombre del local: “Agenzia Lotteria Dustricchi”- y se metió con decisión, tratando de impostar una serenidad que no tenía. Pero la mujer que lo atendió, le demostró rápidamente que conocía su condición de novato.
– Oh… che spavento, ragazzino… jajajaaa -rió la mujer, madura en años y bastante excedida de peso, que luego de recibir a Goyo se perdió en dependencias internas y pegó un grito con voz aguda e insidiosa, indicándole alguna cosa a alguien.
Goyo quedó esperando en ese sucucho, mirando un afiche en la pared que anunciaba algún evento benéfico. Allí conoció el nombre del barrio donde estaba: San Giovanni e Teduccio. Él no lo sabía pero se trataba de un barrio sencillo con playas muy calmas sobre el Golfo de Nápoles.
– Ascolta, ragazzo… aspetta la macchina -indicó la obesa dama, señalándole a Goyo la vereda.
A los pocos minutos estacionó frente a la Agencia un Fiat Panda color marrón clarito. A juzgar por su estado y el ruido de su marcha, se trataba de un modelo de la década del 90. Del mismo bajó un hombre de estatura mediana, con camisa entreabierta, saco de verano pese al intenso frío, y pantalones anchos, casi Oxford. Parecía salido de una película de Jean Paul Belmondo.
– Toma, argentino -dijo el hombre en perfecto castellano, con acento bien castizo, extendiéndoles las llaves del vehículo, y un sobre en papel madera. En el GPS está marcada la dirección donde debes llevar el sobre, dejar el coche, y esperar… bueno, tú ya debes saberlo. Allí luego te darán otro coche y con ese volverás aquí. No es muy difícil, chaval. Buena suerte, y no hagas nada que se salga de tu libreto. ¿Has entendido? No te salgas del guión de este sainete.
– Sí, señor -contestó Goyo mirando fijamente a los ojos de aquel hombre. ¿Usted es español, verdad?
– No, soy congoleño. Pues tío… claro que soy español, pero ese no es tu tema ni el mío ni el de nadie en este momento. Así que… vamos… a cumplir con lo que se te pide. Otra cosa: respeta las normas del tránsito. Sabemos que los argentinos no son muy disciplinados a la hora de manejar. Aquí es parecido, pero no puedes arriesgarte a que te detenga la policía del tránsito. Debes entregar eso sin demoras.
– Dos cosas… ¿puedo?
– Coño… ¿Qué cosas?
– No conozco la ciudad. ¿Cómo llego a la dirección que consta en el sobre? Pregunto por si el GPS se descompone o me quedo sin señal.
– El GPS es de buena calidad. Creo que a tu bello país ya ha llegado la tecnología, ¿verdad? -comentó con ironía el español, acercándose a escasos centímetros del rostro de Goyo, mientras lo miraba burlonamente. Y como es un GPS de buena calidad… no se va a quedar sin señal, ni nada. ¿Entiendes?
– Bien. Y la segunda… Cuando usted dice “eso” que debo entregar… ¿se refiere a la documentación… o hay algo más arriba del coche?
– Haces muchas preguntas, argentino. Súbete al Panda y haz lo que se te está pidiendo. No es tan difícil, coño.
El citado GPS tenía señalado en espera de partida una dirección en Viale de la Resistenza, Scampia. Además, mostraba en color azul un camino sinuoso, parecido a una ristra de chorizos tirada sobre un tablón. Era un trayecto que según el aparato distaba de la agencia unos 21 kilómetros aproximadamente, y en tiempo, según el tránsito de la hora, unos 28 minutos. ¿Qué geografía urbana lo esperaba a Goyo en ese lugar? Jamás hubiera podido imaginarlo.

Las Vele di Scampia son un conjunto de ocho edificios de viviendas públicas construidos en la década de 1960 con un diseño vanguardista que pretendía mejorar la vida de los residentes. Pero que con el paso del tiempo, se convirtieron en un símbolo del fracaso de las políticas de vivienda y la marginalización de los pobres. Cada torre tiene doce pisos y alberga a cientos de familias en pequeños apartamentos de dos o tres habitaciones. Los pasillos huelen a orina y basura podrida. Las paredes están cubiertas de grafitis y marcas de balas. Puertas rotas cuelgan de sus bisagras y ventanas rotas dejan entrar el frío. En las calles que serpentean entre las torres, los niños juegan entre montones de basura mientras mujeres con pañuelos en la cabeza cuelgan ropa en tendederos improvisados. Hombres con miradas huidizas entran y salen de portales oscuros. El sonido de motos y gritos en napolitano llenan el espeso aire.
Scampia es el feudo de la Camorra, la poderosa mafia napolitana. Allí se libran sangrientas guerras entre clanes rivales por el control del siempre lucrativo tráfico de drogas. Sicarios armados patrullan las calles, listos para defender su territorio o ajustar cuentas con enemigos. Pero también es un lugar donde la gente lucha por sobrevivir en medio de la pobreza y la violencia. Muchos jóvenes se ven tentados a unirse a la Camorra, seducidos por el dinero fácil y el poder. Otros intentan escapar de este destino, aferrándose a la esperanza de un futuro mejor a través de la educación o el deporte. Scampia es un mundo aparte, un lugar donde las reglas normales de la sociedad no parecen aplicar. En el barrio la ley del más fuerte rige, y la Camorra es la autoridad suprema. Pero también es un lugar de solidaridad y resistencia, donde la gente se une para apoyarse mutuamente en medio de la adversidad.
Mientras Goyo conduce el Fiat Panda que va corcoveando en los pozos de la Viale de la Resistenza, se siente inmerso en una película. A su mente llega en primer lugar “Ciudad de Dios”, el maravilloso film de Fernando Meirelles. Aunque esto no es Río de Janeiro: es Nápoles. Lejos, tan lejos de Estación Roma, Scampia es para Goyo Gandulla un recordatorio de que incluso en los lugares más olvidados, la humanidad persiste. Lo nota al ver cómo juegan unos niños, que aun sumergidos en la desesperación de sus pobres vidas, siguen jugando, siguen soñando.
Cuando el Fiat Panda ingresó en uno de los complejos de edificios -el que le señalaba el GPS-, un muchacho se encargó de hacerle señas cual trapito en Argentina. Con un pañuelo celeste le indicaba que entrara en la planta baja del edificio por el lado opuesto. Se trataba de una planta baja destinada, casi en su totalidad, al estacionamiento. El único pedazo de la planta que no era garage, albergaba el ascensor y el cuerpo de escaleras. Goyo estacionó donde otra persona le indicaba, se bajó del auto y lo encaró con el sobre.
– Buongiorno… esci di qui e torna tra mezz’ora -dijo el hombre que recibió el sobre, alto y delgado, con barba de pocos días, escarbadiente en su boca, pelo greñido y desprolijo.
– No capito -respondió Goyo en deficiente italiano.
– Vai fuori di qui -gritó enfurecido el hombre, agregando a su ladrido un ademán inconfundible con el brazo derecho, indicándole a Goyo que debía retirarse del lugar.
Goyo salió del lugar sin darse vuelta nunca. Una vez afuera, atinó a mirar hacia las torres, desde donde empezaron a surgir silbidos femeninos que lo invitaban a acercarse. Eran las trabajadoras sexuales que desde temprano ofrecían sus servicios a los pocos transeúntes que pasaban por la zona. Ante ese panorama, eligió ir a caminar por un descampado contiguo a la Viale de la Resistenza. Caminó algunos metros, hasta que encontró una roca decorada con graffitis que se entremezclaban, pero que dejaban en primer plano uno escrito con letras rojas que rezaba: “Ho visto Maradona”. Allí apoyó su espalda, se subió el cuello de su campera azul con puños blancos, y aprovechó el rato generoso de sol que la mañana de Scampia le obsequiaba, para ganarle un rato al frío.
Mirando el sol napolitano, Goyo recordaba aquellos días en los que iba a pescar al Arroyo del Medio, junto a su amigos, o a pasar las vacaciones de invierno en una casilla rodante que Daniel Tejera solía llevar a ese arroyo interprovincial. Hacía varias semanas que había salido de Argentina, soñando un periplo de crecimiento humano por el mundo, y ahora estaba en un descampado del barrio más peligroso de Nápoles, esperando que le dieran un auto para volver a una agencia de lotería que era una tapadera de la Camorra.
– Gregorio Gandulla.
La voz sonó sorpresiva, y venía de atrás de la roca. Una voz que sonó en un español casi argentino. Goyo supuso que era quien venía a entregarle el nuevo auto para volver al punto de inicio. Empezó a dar la vuelta a la piedra y apenas vio las zapatillas blancas de quien lo llamara, éste volvió a hablarle, ahora indicándole que no debía moverse.
– No te movás. Quedate del otro lado. Ahí voy yo.
Siguiendo la instrucción de esa voz, Goyo mantuvo su posición inicial. Le había extrañado que lo llamaran por su nombre, y con un acento tan argentino. Su pulso se aceleró cuando sintió pasos que se adelantaban entre los pastizales. Cuando lo tuvo delante lo identificó inmediatamente: era el joven que fue a fotografiarlo al departamento -a quien identificó como Paco Rivas- y que ahora tenía una mano en el bolsillo del saco. A Goyo se le heló la sangre. Creyó que ahí mismo lo mataban.
– Acá tenés otro celular. Metetelo en los calzones. Estos gringos homofóbicos no te van a palpar ahí. En diez minutos volvé al estacionamiento. Te llamo a la tarde.
– Gracias Paco -contestó Goyo.
– Yo no soy Paco -dijo el joven antes de desaparecer tras la roca. Nadie es Paco.
FIN DEL CAPÍTULO Nº10