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Diego nuestro que estás en tus goles (Capítulo 2) El gol imposible

El 3 de noviembre de 1985, el Estadio San Paolo de Nápoles (hoy redenominado en homenaje a quien mejor fútbol desplegó en su césped) era el escenario de un encuentro decisivo por el Calcio italiano entre el local y su acérrimo rival del norte poderoso: la Juventus. Hacía 12 años que el equipo del sur de Italia, el equipo de los desclasados, de los “africanos”, de la escoria de la península, no podía ganarle a la Vecchia Signora, el equipo de Gianni Agnelli, el equipo de la Fiat, el equipo que se cansaba (y aun se cansa) de ganar scudettos, uno tras otro.

El local, dirigido por Ottavio Bianchi, alistó a Garella: Bruscolotti, Carannante, Bagni, y Ferrario; Rénica, Bertoni; Pecci, Giordano; Maradona y Celestini. El visitante, dirigido técnicamente por el legendario Giovanni Trapattoni, presentó en cancha a Tacconi, Favero, Cabrini, Pioli, Brio, Scirea, Mauro, Bonini, Serena, Platini y Laudrup. El árbitro del encuentro fue Giancarlo Redini.

El partido fue altamente disputado en cada centímetro de la cancha. Por el lado de la Juve, la atención especial estaba puesta en controlar a ese número diez napolitano, nacido en Argentina, que aun no había conocido la gloria mundialista de México, alcanzada al año siguiente. La formación de Nápoli, por su parte, pondría especial cuidado en neutralizar al ídolo francés de la Juve, Michel Platini, en ese momento quizá uno de los dos o tres mejores futbolistas del planeta.

El 0 a 0 parecía difícil de quebrar, cuando al minuto 73 de partido el árbitro cobra una falta indirecta dentro del área visitante. Un defensor de la Juve levanta demasiado su pierna ante el ingreso del argentino Daniel Bertoni, y la pelota debería jugarse en más de un toque para poder convalidarse una hipotética conquista. Y nunca mejor dispuesto el adjetivo “hipotético” para una jugada de esa naturaleza. La barrera se formaría a escasos cinco metros de distancia de la pelota, con defensores que apenas vieran moverse el balón, saldrían furiosos a intentar neutralizar cualquier ejecución. El árbitro se mostraba permisivo con esa poca distancia y ese inminente adelantamiento. Claro, era el poderoso contra el postergado. Suficiente ya era con que le hubieran pitado una falta en contra a la Juve dentro de su propia área. La conversión lucía de antemano verdaderamente imposible. Había que desafiar leyes de la física para poder imaginar una parábola que se dibujara en tan acotado espacio. Pero toda esa lógica se caía del concepto si se reparaba en el futbolista que se encargaría de la ejecución.

Eraldo Pecci, número 8 del Nápoli, se acerca a la ejecución para dialogar con su número diez, que le dice: “Dámela”. “¿Pero cómo vas a patear?”, responde Pecci. “Dámela”, insiste el 10. “Pero no se puede patear desde acá”, analiza Pecci. “Dámela”, obliga el argentino. Después de largas discusiones, amagues y adelantamientos de los defensores de la Juve, el balón es pisado por la suela derecha de Pecci hacia un costado, y la zurda de Maradona dibuja aquella parábola que pasaría a denominarse “el gol imposible”, o al decir de los italianos “la punizione del secolo” (la ejecución del siglo). Es que imposible resultaría para cualquier ser humano, menos para Maradona.

Aquel gol histórico dejó, como todo lo que Diego Maradona tocó en su carrera y en su vida, protagonistas que también pasarían a ser recordados más por ese hecho -que los tuvo de meros coprotagonistas-, que por el resto de sus trayectorias.

Uno, Eraldo Pecci, centrocampista nacido en San Giovanni in Marignano, provincia de Rímini. Dos, el árbitro Giancarlo Redini, nacido en Pisa. Tres, Stefano Tacconi, arquero de la Juve que terminó abrazado a su palo izquierdo tratando de evitar lo inevitable.

Hace poco, luego del fatídico 25 de noviembre de 2020, un niño de 13 años llamado Mishal Abulais tuvo la idea de homenajear a Diego Maradona recreando aquel gol en un potrero de Kerala, en el sur de la India.

Hasta la Juventus recordó en su cuenta de Twitter, ese gol en su contra, para homenajear al Diez al momento de su partida.

Para el final, una de las tantas melodías dedicadas a Diego, en este caso creada e interpretada por un grupo de pop rock italiano llamado Stadio, titulada “Doma il mare il mare doma”.

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